Historia de mi feminidad

Actualizado: abr 24



Recuerdo que tenía cerca de 9 años, estaba en segundo grado de primaria y los profesores hicieron una reunión con todos los niños de mi curso para enseñarnos algo nuevo, un tema de “niños grandes”. Nos sentaron en un salón y pusieron un video.


Yo estaba confundida, no sabía de qué se trataba y todo indicaba que no sería una película del calentamiento global, geografía o para practicar nuestro inglés. El video comenzaba mostrando la anatomía del cuerpo de los hombres y luego de las mujeres. Poco a poco, la interacción entre ambos sexos fue mostrándonos cómo llegaban los bebés al mundo. Desde ese día, comencé a entender muchas cosas que aún sigo explorando.


Aquella tarde, llegué a mi casa con preguntas, las cuales fueron respondidas rápidamente por mis padres, sin embargo, el tema de la menstruación de la mujer no se tocó en dicha ocasión.


Tres años después, de nuevo en el colegio, nos separaron de los niños e hicieron una clase de sólo de niñas, próximas a convertirnos en mujeres. En estas sesiones, nos contaron que pronto nos comenzaríamos a desarrollar, nos explicaron rápidamente lo que esto significaba y abrieron espacio para preguntas. A mis amigas y a mí nos parecía un tema incómodo y nos daba pena hablarlo. No sabíamos mucho de lo que pensaban y sabían los niños, pero sentíamos que estaban atentos a nuestros cambios corporales y que podíamos ser vulnerables de burlas y chismes.


Para ese entonces, mis pechos ya habían comenzado a doler, era más fácil que las personas me parecieran insoportables y cambiaba de gustos con frecuencia y confusión. Recuerdo que pensé, “el día que me manche no me tengo que asustar, es una señal de que ya soy mujer”.


El día llegó… Entré a mi baño y encontré lo que me habían advertido en clase. Llamé a mi mamá, le conté lo que había encontrado en mi ropa interior y a las pocas horas llegó mi padre con un ramo de rosas rojas y me felicitó. Los primeros años de mi vida como mujer no pude entender estas felicitaciones: ¿por qué celebraba esto que para mí era tan incómodo? Mis cólicos eran terribles, una vez me desmayé del dolor. Los días que estaba en mi periodo y me tocaba usar el uniforme de falda para el colegio eran una pesadilla. Recuerdo esconder los tampones y toallas en las mangas de mis sacos para ir al baño y que nadie se diera cuenta de que estaba en esos días… Seguía sin entender por qué era una razón para celebrar.


Con los años, decidí tomar anticonceptivos, el método práctico de la modernidad, que regula las hormonas y disfraza los efectos de la menstruación reduciendo los cólicos, la cantidad del flujo, los cambios emocionales y cumpliendo su función de impedir embarazos.


Amé estas pastillas durante 5 años hasta que las suspendí para darle un descanso a mi cuerpo y entré en depresión. A los dos meses, volví a tomar anticonceptivos porque no soporté mi estado emocional y hormonal. Desde ese día supe que estaba tomando algo antinatural para mi cuerpo, pero por temas de practicidad lo seguí haciendo.


Pasó un año y medio cuando mi tía murió de cáncer de ovarios. A los pocos meses, mi padre me regaló una copa menstrual y me pidió que fuera constante con mis citas al ginecólogo . La copa me pareció el regalo más raro de mi vida. Los tampones y las toallas nunca me habían gustado por su olor, incomodidad, me daban piquiña y me hacían sentir insegura al hacer ejercicio, pero aún así, era lo que mis amigas y mi mamá usaban, entonces yo también lo hacía. Cuando vi la copa le dije que no la usaría, que eso era muy raro, muy hippie y se veía muy incómoda. Además, ¿qué pasaría se llenara? ¿Qué haría si no la pudiera sacar? ¿Me tocaría ir al médico? ¿Cómo la cambiaría en baños públicos? No… Me parecía una idea aterradora.


Mi padre insistió mucho, me dio una charla de las ventajas médicas y me dijo que no había sido económica. Me pidió que por favor la probara una sola vez y me prometió que si no me gustaba la podía dejar de usar y él me dejaría de insistir. Su promesa funcionó, abrí la cajita y al leer el manual de instrucciones todas mis dudas y miedos desaparecieron y comencé a sentir curiosidad, entusiasmo y ganas de probarla. No me di cuenta de que mi padre me acababa de regalar uno de mis objetos personales más valiosos e influyentes en mí.


Desde que probé la copa no volví a comprar tampones ni toallas y mi vida cambió sin darme cuenta. Poco a poco comencé a ser más consciente de los desperdicios que había generado años anteriores usando toallas y tampones, de la cantidad de dinero que había gastado y el descubrimiento más especial fue el que comenzó a pasar con mi cuerpo. Me di cuenta de que mi sangrado era muy poco, la copa nunca se me llenó, el asco desapareció y comencé a valorar el regalo de ser mujer.


Había vivido mi sexualidad desde el miedo y tenía muchos prejuicios sobre la menstruación; me daba asco, odiaba estar en mis días, me sentía sucia y apenada y a veces deseaba haber nacido hombre. Me sentía identificada con los comerciales de televisión, que, sin darme cuenta, habían promovido esa idea en mí y me impulsaban a esconder a través de métodos “ultrainvisibles”, mi feminidad.


Esto cambió. Comencé a valorar mi cuerpo y a desear sentirlo para escucharlo y tomar mejores decisiones. A raíz de lo de mi tía, mi padre y de mi nuevo amor por tener el periodo, un tiempo después fui a mi control médico anual y ese día me encontré con una sorpresa; en la ecografía realizada sólo se visualizaba un ovario. Este examen ya me lo habían hecho antes y yo había visto mis dos ovarios. Ahora me faltaba uno y yo no entendía nada… Me hice más exámenes y no se logró saber con certeza si tenía uno o dos ovarios. Mi papá, médico homeópata, me dijo: “deberías suspender los anticonceptivos para que tus ovarios vuelvan a trabajar, los tienes en completa quietud, sin funcionar y sedentarios desde hace 6 años”. Por el otro lado, mi mamá me dijo: “Yo te hice bien y completa, sé que tienes dos ovarios, tranquila.”


Desde aquel momento me empezó a importar mi feminidad, mi relación conmigo, mi instinto maternal y mis decisiones en relación a mi salud. No dejé los anticonceptivos inmediatamente por terca y por un miedo horrible a la depresión y al cambio hormonal. Los días fueron pasando, pero la idea de dejar los anticonceptivos comenzó a dar vueltas en mi cabeza. El 20 de julio del 2017 tomé la decisión de no tomar más hormonas, decidí enfrentar una realidad: soy cícilica, tendré cambios de humor, días en los que "no me hallo" y momentos en los que lloraré con un comercial de bebés, pero tendré el control de mi cuerpo, y a eso le llamo libertad.


Para guiar mi proceso, empecé a leer sobre el aparato reproductor femenino, sobre nuestros ciclos y el poder de la ovulación, profundicé en la relación del periodo y nuestra emocionalidad; pude entender que según el día en el que estemos, podemos impulsar nuestra creatividad, determinación, efectividad y honestidad propia. Logré conectarme con el poder intuitivo que tenemos las mujeres, con nuestros arquetipos y relación lunar.


En pocas palabras, empecé a entrar en un despertar y conocer un mundo que para mí era desconocido, el mundo femenino.


Hace unos días, el 20 de julio del 2018 (un año después de haber dejado las pastillas) fui a hacerme exámenes. Estaba nerviosa, si sólo tenía un ovario seguramente decidiría ser mamá joven y si tenía los dos mis planes cambiarían. El doctor encontró inmediatamente mi ovario derecho y luego fue en búsqueda del izquierdo... Se tomó un tiempo, yo ya estaba perdiendo la esperanza e imaginando mi vida con hijos, y en ese momento me dijo: "mira acá está.... es más pequeño que el derecho, pero tienes dos ovarios".


Sólo pude agradecerle a la vida, a mis padres, a mi tía... a la perfección de la naturaleza que nos dio el poder de ser cíclicas, de conectar con nuestra intuición y de traer vida a este mundo. Nunca me había sentido tan empoderada y dueña de mi misma. Mi amor por mi ha crecido inimaginablemente, ya no me doy tan duro, me permito estar como esté, aceptar cada emoción y escucharla, sentir, respirar, vivir...!


Hoy quiero compartir mi historia, dejar un mensaje en cada persona que me lea y abrirle una puerta de conversación, apoyo y compañía para que podamos fluir juntos en este regalo que es la vida. Me queda invitar a todas las mujeres a conectar con el regalo de ser mujer y a vivir el periodo de una mejor manera, sacando lo mejor de nuestros ciclos y viviendo desde una consciencia más despejada y presente.

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